Transporte y ecosistemas

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Article Publicado 29/09/2016 Última modificación 30/09/2016 17:01
Las redes de transporte se han convertido en una característica habitual del paisaje europeo. Conectan a las personas, impulsan la actividad económica y proporcionan acceso a servicios esenciales, pero también introducen barreras entre espacios naturales, a la vez que su uso emite contaminantes e introduce especies no originarias en los ecosistemas. Unas medidas políticas enérgicas y una red de espacios verdes pueden ayudar a conservar y a proteger el patrimonio natural europeo.

El continente europeo está conectado mediante una amplia red de transporte, que incluye autovías, carreteras, líneas de ferrocarril, ríos navegables, carriles para bicicletas, rutas de vuelo y rutas marítimas. Además de proporcionar bienes y servicios a las personas, las redes de transporte conforman y afectan al medio ambiente que les rodea.

¿Menos espacio para la naturaleza?

El transporte va asociado a menudo al desarrollo económico. Conectar una ciudad o una región a las redes principales de transporte puede proporcionar un impulso inicial para la economía local y generar nuevos empleos. Sin embargo, cuando la región ha alcanzado un cierto nivel de conectividad, una infraestructura de transporte adicional no reporta beneficios comparativos. Ahora bien, puede generar un impacto medioambiental importante. Las redes de transporte también pueden facilitar la expansión de zonas urbanas y otras áreas pobladas en partes relativamente rurales y poco pobladas de Europa, ejerciendo presión sobre los hábitats naturales. Conectar regiones montañosas o islas remotas al sistema de transporte europeo podría atraer más turistas a esas zonas, generando, por ejemplo, el desarrollo de los servicios de alojamiento y restauración. Pero el incremento de la actividad económica frecuentemente lleva aparejado un impacto negativo sobre los asentamientos humanos: más aguas residuales, más residuos sólidos, etc.

De manera análoga, una mayor demanda de biocombustibles también puede dar lugar a una demanda adicional de recursos hídricos y terrestres en Europa. Sumar a ello las tierras necesarias para la producción de alimentos puede llevar a una mayor conversión de áreas naturales en terreno agrícola.

Contaminación atmosférica y acústica en la naturaleza

El transporte también da lugar a la liberación de contaminantes, que pueden propagarse fuera del alcance de las redes de transporte y contribuir a las concentraciones de fondo de material particulado, ozono y dióxido de nitrógeno, afectando a personas, plantas y animales. Algunas áreas, como las regiones montañosas, las áreas costeras y los mares, pueden resultar particularmente vulnerables a la contaminación provocada por el transporte. Los corredores de transporte que atraviesan los valles alpinos o grandes ríos como el Danubio son esenciales para la economía europea, pero también ejercen presión sobre ecosistemas únicos. Sabemos que algunos contaminantes, como el ozono troposférico, reducen el rendimiento de las cosechas, afectan al crecimiento de los árboles y causan la acidificación de los lagos.

De modo similar, los vertidos de petróleo o la liberación de sustancias peligrosas al mar pueden provocar considerables daños a la fauna marina. Reconociendo estos riesgos, son múltiples las medidas que se han tomado a nivel europeo e internacional.

La contaminación acústica procedente del transporte constituye otra preocupación, y su impacto no se limita únicamente a los ecosistemas terrestres. Los barcos de gran tonelaje emiten importantes cantidades de ruido. Sus cascos tienden a amplificar el ruido mecánico originado por el motor y las hélices. Debido a su baja frecuencia, este tipo de ruido se propaga a gran distancia en el agua y perturba  la fauna marina. Las investigaciones indican que ello afecta en particular a las ballenas y a otras especies que se comunican y orientan mediante el sonido. Los impactos potenciales sufridos por las poblaciones de peces e invertebrados marinos de pequeño tamaño resultan cada vez más evidentes gracias a las investigaciones en curso.

Algunas soluciones ya están disponibles y se han revelado muy eficaces a la hora de reducir la contaminación acústica en el mar y en tierra. Por ejemplo, es posible diseñar naves con los motores más alejados del casco (por ejemplo, con motores de propulsión eléctrica situados en carcasas fuera del casco) para minimizar la amplificación del ruido. De manera análoga, sería posible rediseñar los motores y las piezas (por ejemplo, neumáticos) de los coches para reducir los niveles de ruido en origen, o podrían ampliarse las barreras de insonorización a lo largo de las autovías.

Polizones a bordo

Además de la contaminación, el transporte también puede introducir especies exóticas en nuevos hábitats, lo que supone un peligro importante para las especies locales. La construcción de grandes proyectos de transporte, como el canal de Suez, puede alterar las características esenciales de todo un ecosistema. Desde que se construyó el canal, se han introducido en el mar Mediterráneo más de 500 especies no nativas, contribuyendo a «un catastrófico cambio de ecosistema antropogénico en el Mediterráneo». En el caso del transporte marítimo, los buques de gran tonelaje, especialmente los utilizados en el transporte de mercancías, toman agua para estabilizar la nave. Dependiendo de su carga, liberan este agua de lastre, que con frecuencia lleva consigo grandes cantidades de bacterias, microbios, pequeños invertebrados, huevos y larvas de diversas especies. Si se introducen en cantidad suficiente y en ausencia de depredadores, el impacto de las especies invasoras puede ser devastador.

Un caso bien conocido y bien documentado es el del ctenóforoMnemiopsis leidyi, especie nativa de la costa atlántica americana.Mnemiopsisfue introducido en el Mar Negro por el agua de lastre a principios de la década de 1980, y tuvo efectos devastadores sobre la vida marina local, afectando a poblaciones de peces y a las comunidades de pescadores. Consciente del riesgo ecológico que supone el agua de lastre, la Organización Marítima Internacional ha establecido una serie de medidas y directrices, entre las que se encuentra el Convenio internacional para el control y la gestión del agua de lastre.

El agua de lastre es solo una de las vías para el transporte de especies exóticas. Las semillas de frutas arrojadas desde los vehículos de pasajeros, las bacterias o los huevos de insectos que se encuentran en los restos de suelo de macetas importadas, y las aves o los peces exóticos liberados en la naturaleza pueden afectar a los ecosistemas locales.

Invertir en infraestructuras verdes

Todas las redes de infraestructuras construidas por el hombre (carreteras, vías férreas y canales navegables interiores) conectan áreas urbanas, áreas rurales y personas. Pero también erigen barreras y dividen el paisaje natural en áreas más pequeñas. Una autopista de varios carriles que atraviesa un bosque representa una barrera física para las especies de animales y plantas. Además de reducir el área total disponible para la vida silvestre, la falta de conectividad entre los diferentes hábitats hace que sus poblaciones sean más vulnerables. Los animales necesitan desplazarse para encontrar comida y reproducirse, y corren el riesgo de resultar heridos o de morir al intentar cruzar carreteras y vías ferroviarias. Hasta las vallas situadas alrededor de las redes de transporte pueden aislar a la población de una especie concreta, limitando su patrimonio genético y volviéndola más vulnerable a las enfermedades y, en último término, a la extinción.

Mejorar la conectividad a través de túneles o puentes reduciría ciertamente la presión sobre la biodiversidad y los ecosistemas europeos. De hecho, estas iniciativas podrían planificarse a una escala mucho mayor que la de un único proyecto de infraestructuras, implicando a multitud de partes interesadas (responsables de planificación, inversores, ciudadanos, autoridades públicas a distintos niveles de gobierno, etc.).

Una «infraestructura ecológica» consta de una red estratégicamente planificada de espacios verdes de alta calidad. Requiere una visión más amplia de todos los espacios verdes (en áreas remotas, rurales y urbanas, y más allá de las fronteras nacionales), conectándolos de manera que se facilite el movimiento de las especies. A este propósito, la Unión Europea ha adoptado una Estrategia de infraestructuras verdes orientada a ofrecer una visión de una red verde transeuropea y a facilitar la coordinación entre las partes interesadas, así como el intercambio de ideas e información.

La mejor conectividad es solo uno de los resultados positivos de las infraestructuras verdes. Además de mejorar la salud pública, se percibe cada vez más como un modo rentable de reducir los riesgos naturales actuales (o futuros) relacionados con la meteorología o la climatología. Por ejemplo, en lugar de construir sistemas de alcantarillado para transportar caudales extremos de agua de lluvia, las ciudades pueden crear áreas verdes que absorban el exceso de agua.

Planificación teniendo en mente la naturaleza

Los proyectos de infraestructuras de transporte, incluidos aquellos relacionados con la red transeuropea, han contribuido a mejorar la calidad de vida en Europa, llevando servicios y bienes públicos a lugares remotos. Son varios los estudios que relacionan en parte la red transeuropea de transporte (RTE-T) con la incapacidad de la UE para alcanzar su objetivo de detener la pérdida de biodiversidad. Otros estudios subrayan el impacto potencial de los proyectos de la RTE-T sobre las áreas protegidas.

La reciente política de transporte de la UE ha reforzado significativamente la consideración prestada a la naturaleza y la biodiversidad. Estas consideraciones deben tenerse en cuenta desde la fase de planificación. Además, los Estados miembros deben llevar a cabo evaluaciones de impacto ambiental para tales proyectos. La legislación de la UE cubre también el impacto potencial de los proyectos de infraestructuras que se sitúan fuera de las áreas protegidas, pero que pueden afectarlas.

Este enfoque podría traducirse en diversas medidas sobre el terreno. Por ejemplo, en el caso de las redes de carreteras y vías férreas, la ruta propuesta podría modificarse con el fin de dejar intactas áreas más grandes y evitar la fragmentación del paisaje. De la misma forma, podrían planificarse y construirse túneles o puentes naturales que aumenten la conectividad entre las áreas protegidas, facilitando así los desplazamientos de las poblaciones de animales. Si el proyecto no cumple estas normas, la UE podrá retirar la financiación.

La aplicación de reglas de protección medioambiental más estrictas ya ha provocado cambios en varios proyectos. Un proyecto de navegación interior, que pretendía hacer más profundo el río Weser en Alemania, facilitaría el acceso de los barcos al puerto de Bremerhaven. Una ONG medioambiental cuestionó los planes del proyecto, basándose en que incrementar la profundidad del río modificaría el nivel de salinidad y crearía mareas más fuertes, lo que supondría una amenaza para las especies animales que dependen del río y para las personas que vivían en sus riberas. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea sentenció  que el proyecto deterioraría la calidad del agua del Weser y supondría un incumplimiento de la Directiva marco sobre el agua de la UE. Como consecuencia, el proyecto fue anulado.

Así como las redes de transporte y energía traerían prosperidad económica a Europa, una red transeuropea de infraestructuras verdes contribuiría a promover una naturaleza rica y sana.

 

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