Alimentar a la ciudad hambrienta

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Article Publicado 29/09/2016 Última modificación 30/09/2016 16:53
Los alimentos que llegan hasta nuestra mesa, en casa o en un restaurante, proceden de lugares cercanos, pero también lejanos. En un mundo cada vez más urbanizado y globalizado, los alimentos que se producen en el campo deben transportarse a la ciudad. Se ha prestado gran atención a la reducción de las «distancias que recorren los alimentos», lo cual puede ser un concepto pertinente, aunque limitado en ocasiones. Un sistema de transporte más inteligente y limpio solo serviría para resolver una parte del problema. Es necesario un análisis sistémico más amplio de todo el sistema alimentario.

Incluso si vivimos en una granja, la mayor parte de la comida que ingerimos debe transportarse de una manera u otra. Dado que tres cuartas partes de los europeos viven en ciudades, el suministro de alimentos depende en gran medida del transporte, que a su vez está muy supeditado al consumo de combustibles fósiles. Por supuesto, esto tiene efectos negativos para el medio ambiente y el clima.

A nivel mundial, más de la mitad de la población vive en zonas urbanas y, de acuerdo con las previsiones de las Naciones Unidas, esta proporción aumentará hasta las dos terceras partes (más de 6 000 millones de personas) aproximadamente en 2050. De acuerdo con las estimaciones, muchos de estos urbanitas pertenecerán a una creciente y relativamente próspera clase media, de modo que es probable que aumente la demanda de transporte de todo tipo de alimentos para satisfacer los gustos y necesidades.

La distancia recorrida no dice mucho sobre el trayecto

Transportar alimentos, personas y mercancías tiene muchos tipos de impacto medioambiental, entre los que figuran la contaminación del aire, el ruido, la fragmentación paisajística y las emisiones de gases de efecto invernaderos (GEI). La preocupación por este impacto ha dado lugar al concepto de «kilómetros alimentarios», que habitualmente se refiere a la distancia que los alimentos han recorrido para llegar a los hogares, los supermercados o los restaurantes.

En algunos casos, el cálculo de los «kilómetros alimentarios» puede resultar útil para estimar el impacto medioambiental de sus alimentos. Sin embargo, también presenta una serie de limitaciones importantes: solo una parte del impacto medioambiental relacionado con los alimentos guarda relación con su transporte. En términos de emisiones de GEI, normalmente es mucho más importante cómo se produce el alimento (por ejemplo, en invernaderos con calefacción o en campos abiertos en su temporada de crecimiento) que la distancia a la que se transporta. De hecho, la mayor parte del impacto medioambiental de lo que comemos está relacionada con la fase de producción, que implica la tala de bosques para uso agrícola, el riego, el uso de fertilizantes químicos, la alimentación de los animales, etc.

El simple uso de los «kilómetros alimentarios» no solo ignora el modo en que se produjeron los alimentos, sino también el tipo de alimentos que estamos comprando. Hacerse vegetariano o simplemente reducir el consumo de carne, cambiar el tipo de carne consumida y reducir los desperdicios de comida podría reducir en una cuarta parte nuestra huella de GEI relacionada con los alimentos.

Además, los «kilómetros alimentarios» normalmente tienen en cuenta el recorrido realizado desde el lugar de producción hasta el supermercado o el restaurante. Sin embargo, el transporte de grandes  de alimentos desde un punto hasta otro puede hacerse de manera muy eficiente. La elección del medio de transporte (a pie, en bicicleta, en coche o en autobús) al supermercado y de vuelta a casa puede ser mucho más importante a la hora de evaluar el impacto ambiental de sus alimentos.

Determinar quién vende qué

Los kilómetros alimentarios constituyen probablemente una preocupación menor en comparación con el modo en que se llevan los alimentos a los consumidores. No existe una única cadena de suministro común de alimentos a nivel europeo. En años recientes, los proveedores  logísticos han intentado formar alianzas y proporcionar servicios en Europa. A pesar de esta tendencia, la presión ejercida por los costes que afrontan los proveedores logísticos paneuropeos  lleva a muchos  a recurrir a la subcontratación de pequeños operadores. Como consecuencia, una proporción significativa del transporte por carretera sigue siendo subcontratado a y transportado por un sinfín de pequeñas empresas y transportistas autónomos.

A la vez, y de acuerdo con un estudio de la Comisión Europea, el comercio minorista de la alimentación se ha concentrado en la UE debido a la penetración de cadenas de supermercados, hipermercados y tiendas de descuentos con un sistema de distribución centralizado consecuencia de la logística moderna. En otras palabras: hay menos actores operando en el mercado minorista de alimentos. Esto ha dado lugar a una logística más eficiente y al ahorro de costes, pero ha afectado sin duda a la selección de productos alimentarios a disposición de los consumidores y ha dificultado la entrada de los pequeños productores en sistemas de distribución más amplios.

Estos sistemas logísticos centralizados también pueden estar expuestos a fallos, haciendo que supermercados y consumidores sean vulnerables a perturbaciones en el suministro de alimentos. Por ejemplo, las protestas por los combustibles que tuvieron lugar en el Reino Unido en el año 2000 dieron lugar a que, en algunos casos, los supermercados racionaran los alimentos hasta que se restablecieran las líneas de suministro.

Basar nuestro sistema alimentario en el transporte a gran escala también tiene implicaciones sobre el tipo de alimentos que consumimos. Dado que los alimentos deben conservarse frescos (o al menos comestibles) durante y después del transporte, muchos productos frescos han de recogerse verdes, y para muchos tipos de alimentos es necesario el uso de conservantes.

¿La era de los drones repartidores de pizzas?

El comercio en línea de alimentos está creciendo con rapidez en Europa, y esto puede implicar una transformación importante respecto a cómo llegan los alimentos a los consumidores. Sin embargo, no está muy claro que esto sea bueno o malo para el medio ambiente.

Según un estudio del Massachusetts Institute of Technology sobre las compras de productos electrónicos, ropa y juguetes, el comercio en línea era la opción más respetuosa con el medio ambiente. Eran dos los motivos principales para ello: evitar el viaje del comprador hasta la tienda, y mantener un sitio web minorista que genera menos emisiones (y un menor uso de energía) que una tienda física normal. Sin embargo, si ya vive cerca de una tienda de alimentación, el cálculo puede arrojar resultados diferentes. Pueden intervenir varios factores: ¿A qué distancia está la tienda de alimentación más cercana? ¿Camina, va en bicicleta o conduce hasta ella? ¿Compra alimentos para una semana entera o simplemente para una comida?

Otra cuestión es cómo nuestros hábitos de compra siguen el ritmo de los cambios asociados a las tecnologías de transporte. Los camiones eléctricos sin conductor y los drones encargados del reparto de pizzas pueden ser una realidad mucho antes de lo que pensamos. En el transporte a larga distancia, la presencia de buques portacontenedores más eficientes (posiblemente naves a vapor con velas) podrían cambiar las reglas del juego.

De modo similar, podría modificarse nuestra dieta en favor de las opciones vegetarianas. O también podría ocurrir que la acuicultura o los insectos llegasen a satisfacer en gran parte nuestras necesidades. En términos logísticos, también sería mucho más fácil transportar polvos o comprimidos altamente concentrados o nutritivos, pero estas soluciones secas no encajan con la imagen que la mayor parte de nosotros tiene de una cena deliciosa; al menos por el momento.

Otras soluciones innovadoras, como cultivar alimentos en ciudades, por ejemplo en granjas verticales y azoteas, puede reducir la necesidad de transporte y ayudar a las ciudades a adaptarse al impacto del cambio climático.

Examen del sistema alimenticio europeo de alimentos

El 7.º programa de acción medioambiental de la UE establece un objetivo ambicioso de «vivir bien, dentro de los límites de nuestro planeta». También define a la alimentación y a la movilidad, junto con la vivienda, como sectores clave en los que debería reducirse el impacto medioambiental general producido por el ciclo de vida ligado al consumo. Conjuntamente, estos sectores son responsables de casi el 80 % del impacto medioambiental del consumo.

Hacer frente a los residuos alimentarios, que ascienden a aproximadamente 179 kg anuales para un ciudadano medio de la UE, parece un buen punto de partida, ya que también reduciría la necesidad de transportar alimentos. Sin embargo, para afrontar el consumo insostenible, debemos abordar todo el sistema alimentario, incluyendo la producción, el consumo y el gobierno.

Esta noción ha sido un elemento decisivo de las recientes evaluaciones de la AEMA, que incluyen el documento «Orientación ecológica de la política agraria común (PAC)» y el análisis de la agricultura en el informe «El medio ambiente en Europa: Estado y perspectivas 2015» (SOER 2015). Los análisis sistémicos abordan los alimentos en un contexto más amplio de sostenibilidad, relacionándolos no solo con su impacto ambiental actual, sino también con cuestiones como la seguridad alimentaria en un mundo globalizado, la creciente demanda de alimentos asociada al crecimiento global de la población, la elevación de los niveles de ingresos, el impacto del cambio climático sobre la producción de alimentos, el cambio de dietas que generan obesidad por una parte y malnutrición por la otra.

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