La agricultura y el cambio climático

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Article Publicado 08/10/2015 Última modificación 11/07/2016 15:55
La agricultura contribuye al cambio climático y se ve afectada por el cambio climático. La Unión Europea (UE) necesita reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de su agricultura y adaptar su sistema de producción alimentaria para hacer frente al cambio climático. Pero este es tan solo una de las muchas presiones que afectan a la agricultura. Frente a la creciente demanda y competencia global por los recursos, es preciso contemplar la producción alimentaria de la UE en un contexto más general, relacionando la agricultura con la energía y la seguridad alimentaria.

 Image © Javier Arcenillas, Environment & Me/EEA

El alimento es una necesidad humana básica, y una dieta saludable es un componente esencial de nuestra salud y bienestar. Con el tiempo hemos desarrollado un sistema de producción y suministro complejo y cada vez más globalizado para satisfacer nuestras necesidades de alimentos y de distintos sabores. En el mundo actual, un pescado capturado en el Atlántico puede servirse en cuestión de días en un restaurante de Praga con arroz importado de la India. Del mismo modo, los productos alimenticios europeos se venden y se consumen en el resto del mundo.

La agricultura contribuye al cambio climático

Antes de llegar a nuestra mesa, los alimentos que consumimos han sido producidos, almacenados, elaborados, envasados, transportados, preparados y servidos. En cada una de estas fases se liberan gases de efecto invernadero a la atmósfera. La agricultura en particular libera importantes cantidades de metano y óxido nitroso, dos potentes gases de efecto invernadero. El metano es producido por el ganado durante la digestión debido a la fermentación entérica y se libera por los eructos. También puede ser liberado por el estiércol y los residuos orgánicos almacenados en los vertederos. Las emisiones de óxido nitroso son un producto indirecto de los fertilizantes nitrogenados orgánicos y minerales.

La agricultura ha sido la responsable del 10 % de las emisiones totales de gases de efecto invernadero de la UE en 2012. Entre 1990 y 2012, las emisiones de la agricultura de la Unión se redujeron un 24 % gracias a una disminución significativa de la cabaña ganadera, a una aplicación más eficiente de los fertilizantes y a una mejor gestión del estiércol.

Sin embargo, la agricultura en el resto del mundo va en la dirección contraria. Entre 2001 y 2011, las emisiones globales de la producción agrícola y ganadera crecieron un 14 %. Este incremento se registró sobre todo en los países en desarrollo debido al crecimiento de la producción agraria total, impulsado a su vez por el aumento de la demanda global de alimentos y por cambios en las pautas de consumo originados por la elevación del nivel de renta en algunos países en desarrollo. Las emisiones generadas por la fermentación entérica aumentaron un 11 % durante este período y representan el 39 % de la producción total de gases de efecto invernadero del sector en 2011.

Dada la primordial importancia que tienen los alimentos en nuestra vida, parece bastante difícil seguir reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero de la agricultura. No obstante, todavía hay margen para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero vinculadas a la producción alimentaria en la UE. Sería útil mejorar la integración de técnicas innovadoras en los métodos de producción, como la captura del metano emitido por el estiércol o una mayor eficiencia en el uso de los fertilizantes y en la producción cárnica y láctea (es decir, reducir las emisiones por unidad de alimento producido).

Además de mejorar la eficiencia, cambiar algunas pautas de consumo podría contribuir a reducir todavía más las emisiones de gases de efecto invernadero vinculadas a los alimentos. En general, los productos cárnicos y lácteos tienen mayor huella global de carbono, materias primas y agua por kilogramo que cualquier otro alimento. En lo que respecta a las emisiones de gases de efecto invernadero, tanto la producción ganadera como la forrajera generan respectivamente más de 3 000 millones de toneladas de equivalentes de dióxido de carbono (CO2). El transporte y los procesos de elaboración posteriores a la producción agraria representan una minúscula fracción de las emisiones vinculadas a los alimentos. Si producimos menos residuos de alimentos y reducimos el consumo de los alimentos que más emisiones generan, contribuiremos a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de la agricultura.

El cambio climático afecta a la agricultura

Los cultivos necesitan tierra, agua, luz solar y calor adecuados para crecer. El calentamiento atmosférico ya ha alterado la duración de la estación de crecimiento en grandes partes de Europa. Las épocas de floración y cosecha de los cereales se adelantan ya varios días. Es previsible que estos cambios sigan produciéndose en muchas regiones.

En general, la productividad agraria del norte de Europa podría aumentar al prolongarse la estación de crecimiento y el período sin heladas. El aumento de las temperaturas y la prolongación de las temporadas de crecimiento también podrían facilitar la producción de nuevos cultivos. En el sur de Europa, sin embargo, cabe prever que las olas de calor extremo y la reducción de las precipitaciones y del agua disponible limiten la productividad agraria. También es previsible que el rendimiento interanual de las cosechas varíe cada vez más debido a los episodios meteorológicos extremos y a otros factores como plagas y enfermedades.

En algunas zonas del Mediterráneo, el estrés hídrico y térmico extremo de los meses de verano podría obligar a desplazar la producción de algunos cultivos estivales al invierno. Otras zonas, como el oeste de Francia y el sureste de Europa, sufrirán reducciones de rendimiento debido a los veranos calurosos y secos, sin posibilidad de desplazar la producción al invierno.

Las variaciones de las temperaturas y de las estaciones de crecimiento también podrían afectar a la proliferación y propagación de algunas especies, como insectos, malas hierbas invasoras, o de enfermedades, todo lo cual podría afectar a su vez a las cosechas. Parte de estas posibles pérdidas se podrían compensar con prácticas agrarias como la rotación de cultivos para adaptarlos a la disponibilidad de agua, ajustar las épocas de siembra a las pautas de temperatura y precipitación y utilizar variedades de cultivos más adecuadas a las nuevas condiciones (por ejemplo, cultivos resistentes al calor y a la sequía).

Las fuentes terrestres de alimento no son las únicas afectadas por el cambio climático. La distribución de algunas poblaciones de peces ya ha cambiado en el Atlántico Nordeste, afectando a las comunidades que dependen de estos recursos a todo lo largo de la cadena de suministro. Junto con el creciente transporte marítimo, el calentamiento del agua puede contribuir a facilitar el establecimiento de especies marinas invasoras, provocando el colapso de las poblaciones de peces locales.

Para facilitar su adaptación al cambio climático, los agricultores y las comunidades pesqueras pueden recurrir a algunos Fondos de la UE, como el Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural (Feader), la política agrícola común (PAC) y los préstamos del Banco Europeo de Inversiones (BEI). La PAC también dispone de otros fondos destinados a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero generadas por las actividades agrarias.

Mercado global, demanda global, calentamiento global

De acuerdo con el crecimiento previsto de la población y con los cambios en los hábitos dietéticos en favor de un mayor consumo de carne, se estima que la demanda global de alimentos crecerá hasta un 70 % en las próximas décadas. La agricultura es ya uno de los sectores económicos de mayor impacto ambiental. Como es de esperar, este importante incremento de la demanda creará presiones adicionales. ¿Cómo podemos atender esta creciente demanda global y reducir al mismo tiempo el impacto ambiental de la producción y el consumo de alimentos de Europa?

Reducir la cantidad de alimento producido no es una solución viable. La UE es uno de los mayores productores de alimentos del mundo, ya que produce la octava parte de los cereales del mundo, dos terceras partes del vino, la mitad de la remolacha azucarera y tres cuartas partes del aceite de oliva. Cualquier reducción de los cultivos básicos podría poner en peligro la seguridad alimentaria de la UE y del mundo y elevar los precios de los alimentos, de modo que sería más difícil para muchos grupos de la población mundial acceder a alimentos nutritivos y asequibles.

Para que la tierra ya destinada a la agricultura produzca más alimento suele ser necesario utilizar más fertilizantes nitrogenados, que a su vez liberan emisiones de óxido nitroso y contribuyen al cambio climático. La agricultura intensiva y la aplicación de fertilizantes también liberan nitratos al suelo y a las masas de agua. Aunque no están directamente relacionadas con el cambio climático, las altas concentraciones de nutrientes (especialmente fosfatos y nitratos) presentes en las masas de agua causan eutrofización. La eutrofización favorece el crecimiento de algas y agota el oxígeno del agua, hecho que tiene graves repercusiones para la vida acuática y la calidad del agua.

Tanto en Europa como en el resto del mundo, satisfacer la creciente demanda de alimentos utilizando más tierra tendría graves repercusiones para el medio ambiente y el clima. Las zonas más adecuadas para la agricultura en Europa ya están cultivadas en gran medida. La tierra, especialmente si es tierra fértil de uso agrícola, es un recurso limitado en Europa y en todo el mundo.

La transformación de zonas forestales en tierra agraria tampoco es una solución, ya que este proceso genera emisiones de gases de efecto invernadero. Como muchos otros cambios en el uso del suelo, la deforestación (que actualmente se produce fundamentalmente fuera de la Unión Europea) también pone en peligro la biodiversidad, socavando todavía más la capacidad de la naturaleza para hacer frente a los impactos del cambio climático (como la absorción de lluvias intensas).

Demandas en competencia

Es evidente que el mundo tendrá que producir más alimento y que los recursos esenciales son limitados. La agricultura tiene importantes repercusiones para el medio ambiente y el clima. Más aún, el cambio climático determina —y seguirá determinando— cuánto alimento se puede producir y dónde.

Quién produce qué y dónde es una cuestión sociopolítica controvertida que seguramente lo será aún más en el futuro. La competencia global por estos recursos esenciales, especialmente con los impactos pendientes del cambio climático, está llevando a los países desarrollados a adquirir grandes parcelas de tierras de uso agrícola en países menos desarrollados. Estas compras de tierras y los impactos del cambio climático generan dudas acerca de la seguridad alimentaria en los países en desarrollo en particular. La seguridad alimentaria no consiste únicamente en producir cantidades de alimento suficientes, sino de tener acceso a alimentos de valor nutricional suficiente.

Este complejo problema requiere una política coherente e integrada sobre el cambio climático, la energía y la seguridad alimentaria. Ante el cambio climático y la competencia por recursos escasos, todo el sistema alimentario deberá transformarse y ser mucho más eficiente en el aprovechamiento de los recursos, reduciendo constantemente sus impactos ambientales, incluidas las emisiones de gases de efecto invernadero. Necesitamos aumentar los rendimientos reduciendo al mismo tiempo nuestra dependencia de los productos agroquímicos, reducir los residuos alimentarios y el consumo de alimentos intensivos en la explotación de recursos y la emisión de gases de efecto invernadero, como la carne.

En este proceso, no debemos olvidar que los agricultores pueden desempeñar un papel esencial en la gestión y el mantenimiento de la biodiversidad europea. Además, son un componente crucial de la economía rural. Por tanto, las medidas de regulación adoptadas para abordar este problema tan complejo de los alimentos y el medio ambiente deberán tener en cuenta el impacto ambiental de la agricultura y su importancia socioeconómica para muchas comunidades.

La agricultura contribuye al cambio climático y se ve afectada por el cambio climático. La Unión Europea (UE) necesita reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de su agricultura y adaptar su sistema de producción alimentaria para hacer frente al cambio climático. Frente a la creciente demanda y competencia global por los recursos, es preciso contemplar la producción alimentaria de la UE en un contexto más general, relacionando la agricultura con la energía y la seguridad alimentaria.

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