Fundamentos de la economía y el medio ambiente

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Article Publicado 11/07/2014 Última modificación 31/08/2016 15:12
En marzo de 2014, París (Francia) sufrió un episodio de contaminación por materia particulada. El uso de automóviles privados se limitó en buena medida durante varios días. Al otro lado del planeta, una compañía china lanzaba un nuevo producto: un seguro anticontaminación para los viajeros nacionales cuya estancia en un lugar se viera frustrada debido a la mala calidad del aire. Así pues, ¿cuánto vale el aire limpio? ¿Puede ayudarnos la economía a reducir la contaminación? Examinemos de cerca algunos conceptos económicos básicos.

 Image © Gülcin Karadeniz

La palabra «economía» procede del griego «oikonomia» que significa administración doméstica. Las actividades que abarca son incluso más antiguas. Las comunidades primitivas se componían principalmente de grandes familias que trabajaban juntas para asegurar que el grupo sobreviviera y se satisficieran sus necesidades. Distintos miembros de la comunidad eran responsables de diversas actividades: proveer alimentos, buscar o construir refugios, etc.

A medida que nuestras sociedades y la tecnología disponible se fueron haciendo más sofisticadas, los miembros empezaron a especializarse en diversas tareas necesarias para la comunidad. La especialización trajo consigo un creciente intercambio de bienes y servicios, tanto dentro de la comunidad como con otras comunidades.

Precios de mercado

El uso de una moneda común facilitó el comercio. Ya sea en forma de cuentas, monedas de plata o euros, el «dinero» refleja un acuerdo implícito de que todo el que lo posea puede cambiarlo por bienes y servicios. El precio real —cuántas unidades de la moneda deben cambiarse por un producto— también es un acuerdo entre el comprador y el vendedor.

Se utilizan diferentes modelos para explicar cómo los mercados determinan el precio de compraventa. Uno de los supuestos básicos es que el comprador o el consumidor atribuye un determinado valor al producto y está dispuesto a pagarlo. Para la mayoría de los productos, cuanto más alto sea el precio, menos dispuestos a comprarlo estarán los consumidores.

Otro supuesto es que el proveedor no produciría el producto si este no pudiera venderse a un precio superior a lo que cuesta producir una unidad de dicho producto. En el mundo real, para obligar a la competencia a abandonar el mercado o reducir existencias superfluas, los proveedores pueden vender sus productos a un precio inferior a los costes de producción, una práctica conocida como «dumping».

La palabra clave en este caso es el «coste». ¿Cómo calculamos el coste? Los precios que pagamos por los bienes y servicios ¿incluyen el coste de la utilización de los recursos naturales —en términos más técnicos el «capital natural»— o el coste de la contaminación provocada durante la producción y el consumo?

La respuesta es, simplemente, no. Casi ninguno de los precios del mercado refleja el coste real de un producto —es decir, uno que cubra tanto los costes de producción como los costes medioambientales (incluidos los costes sanitarios vinculados a la degradación medioambiental). Nuestro sistema económico actual se basa en miles de años de práctica basada en la presunción de que los servicios que nos proporciona la naturaleza son gratuitos. En la mayoría de los casos, lo que pagamos por los materiales (petróleo, hierro, agua, madera, etc.) cubre los costes de extracción, transporte y negocio. Esta es una de las principales debilidades del sistema económico actual y no es fácil de remediar por dos motivos principales.

Dificultades para estimar los costes

En primer lugar, es muy difícil hacer una estimación de los costes de todos los servicios y ventajas que nos proporciona la naturaleza, o de todos los daños que causan nuestras actividades. El precio que están dispuestas a pagar las personas y las sociedades por el aire limpio puede variar considerablemente. Para una población expuesta a niveles sumamente elevados de contaminación por materia particulada, puede valer una fortuna; sin embargo, los que gozan de aire limpio todos los días, es posible que apenas se den cuenta de ello.

Los economistas ambientales están desarrollando conceptos contables que intentan poner un «precio» a los beneficios que nos brinda el medio ambiente, así como a los daños que causan nuestras actividades al medio ambiente.

Una parte del trabajo de contabilidad medioambiental se centra en los costes de los daños, a fin de calcular un valor monetario para los servicios. Por ejemplo, en el caso de la calidad del aire, calculan los costes médicos derivados de la mala calidad del aire, la pérdida de vida, la pérdida de esperanza de vida, la pérdida de días de trabajo, etc. En ese sentido, ¿cuánto vale vivir en una zona tranquila? La diferencia de precio entre viviendas de una categoría similar puede servir para hacerse una idea del valor de mercado de un entorno silencioso.

Sin embargo, todos estos cálculos son solo indicativos. No siempre está claro hasta qué punto la mala calidad del aire contribuye a determinados problemas respiratorios o el ruido a la bajada de precios de las viviendas.

En el caso de algunos recursos, la contabilidad medioambiental también estima cuánta cantidad de dicho recurso existe en una determinada zona, por ejemplo agua dulce en una cuenca fluvial. Añade índices de precipitación, caudales fluviales, aguas superficiales y subterráneas, etc.

Fish for free

(c) Gülcin Karadeniz

Pagar por los servicios medioambientales

En segundo lugar, aunque podamos determinar un precio, el hecho de reflejar este «coste adicional» en los precios actuales a corto plazo tendría graves consecuencias sociales. La drástica subida del precio de los alimentos en 2008, cuando el precio de algunos alimentos básicos se duplicó en seis meses, afectó a todo el mundo, aunque los mayores afectados fueron los más pobres. Una transición rápida de un sistema en el que los servicios naturales son gratuitos a uno en que se incluyeran todos los costes resultaría muy polémica.

Sin embargo, en el precio que pagamos por algunos bienes y servicios ya se incluyen algunos costes medioambientales. Los impuestos y las subvenciones son las herramientas más comunes de los gobiernos para «ajustar» los precios de mercado. Las ecotasas añaden un coste adicional al precio del producto, por lo que se incrementa su precio de venta. Esta herramienta podría utilizarse para frenar el consumo de determinados productos insostenibles. Por ejemplo, las tasas de congestión aplicables en algunas ciudades europeas solo permiten acceder al centro urbano a aquellos usuarios de vehículos privados que hayan pagado una tasa adicional.

En este sentido, las subvenciones pueden alentar a los consumidores a elegir productos respetuosos con el medio ambiente reduciendo su precio de compra. Estas herramientas también pueden utilizarse para abordar cuestiones de equidad social ofreciendo asistencia a los grupos desfavorecidos y afectados.

Los economistas ambientales también están desarrollando los conceptos en torno a la «reforma fiscal ecológica» para explorar cómo se pueden modificar los impuestos para que favorezcan las alternativas ecológicas y cómo pueden reformarse las subvenciones perjudiciales para el medio ambiente.

En algunos casos, un agente del mercado (proveedor o comprador) puede ser lo suficientemente grande como para influir en el mercado. En el caso de algunas tecnologías y productos verdes, la decisión de las autoridades públicas de adoptar estas tecnologías les ha permitido penetrar en el mercado y competir con los agentes más consolidados.

Aunque el ámbito económico nos ayuda a comprender algunos conceptos que impulsan nuestras pautas de consumo y producción, los precios e incentivos, en nuestro mundo globalizado, pueden entrar en juego muchos otros factores, como la tecnología y la política.

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