La economía: verde, circular y eficiente en el uso de los recursos

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Article Publicado 11/07/2014 Última modificación 31/08/2016 15:14
Nuestro bienestar depende del uso de los recursos naturales. Extraemos recursos y los transformamos en alimentos, edificios, muebles, aparatos electrónicos, ropa, etc. Sin embargo, la explotación que hacemos de los recursos supera la capacidad del medio ambiente para regenerarlos y satisfacer nuestras necesidades. ¿Cómo podemos garantizar el bienestar de nuestra sociedad a largo plazo? Sin duda, la «ecologización» de nuestra economía nos puede servir de ayuda.

 Image © Rastislav Stanik

El bienestar no es algo fácil de definir ni de medir. Entre los factores que contribuyen a nuestro bienestar, muchos aludiríamos a una buena salud, a la familia y los amigos, a la seguridad personal, a vivir en un entorno agradable y saludable, a la satisfacción profesional o a unos ingresos que nos garanticen un buen nivel de vida.

Aunque puedan variar de una persona a otra, las preocupaciones económicas —tener empleo, ganar un salario digno, gozar de buenas condiciones laborales— tienen mucho que ver con nuestro bienestar. Consideraciones como la seguridad laboral o el desempleo adquieren especial importancia en periodos de crisis económica y pueden repercutir negativamente en la moral y en el bienestar de la sociedad en general.

Es evidente que necesitamos una economía que funcione adecuadamente y nos proporcione no solo los productos y servicios que necesitamos, sino también puestos de trabajo e ingresos que garanticen un cierto nivel de vida.

La economía depende del medio ambiente

El buen funcionamiento de la economía depende, entre otras cosas, de un flujo ininterrumpido de materiales y recursos naturales, como la madera, el agua, los cultivos, el pescado, la energía y los minerales. La interrupción del suministro de los materiales esenciales puede llegar a paralizar a los sectores dependientes y puede forzar a las empresas a despedir personal o dejar de suministrar productos y servicios.

El hecho de tener un flujo ininterrumpido implica que podemos extraer tanto como deseemos. Pero ¿podemos hacerlo realmente? O, si lo hacemos, ¿cuál sería el impacto en el medio ambiente? ¿Cuánto podemos extraer sin perjudicar al medio ambiente?

La respuesta es, sencillamente, que ya estamos extrayendo demasiado, más de lo que nuestro planeta puede producir o reponer en un determinado periodo. Algunos estudios indican que, en los últimos cien años, el consumo mundial per cápita de materiales se ha duplicado, mientras que el consumo de energía primaria se ha triplicado. Es decir, cada uno de nosotros consumimos aproximadamente tres veces más energía y dos veces más materiales que nuestros antepasados en 1900. Y no solo eso, sino que ahora somos más de 7 200 millones de personas las que consumimos, frente a los 1 600 millones de 1900.

Este ritmo de extracción y la manera en que utilizamos los recursos están mermando la capacidad de nuestro planeta para sustentarnos. Pongamos por ejemplo las poblaciones de peces. La sobrepesca, la contaminación y el cambio climático han perjudicado gravemente a las poblaciones mundiales de peces. Muchas comunidades costeras que antes dependían de la pesca han tenido que invertir en otros sectores, como el turismo. Las que no han logrado diversificar su economía tienen problemas.

De hecho, nuestras actividades económicas están provocando muy diversos impactos sociales y medioambientales. La contaminación atmosférica, la acidificación de los ecosistemas, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático son problemas medioambientales que afectan gravemente a nuestro bienestar.

Ser más «verdes» y eficientes en el uso de los recursos

Si queremos preservar el medio ambiente y seguir aprovechando los beneficios que nos aporta, debemos reducir la cantidad de materiales que extraemos. Para ello, es imprescindible que cambiemos la manera en que producimos los bienes y servicios, y en que consumimos los recursos materiales. En definitiva, debemos ecologizar nuestra economía.

Aunque el término tiene varias definiciones, la «economía verde» suele hacer referencia a una economía en la que todas las decisiones de producción y consumo se toman pensando en el bienestar de la sociedad y en la salud general del medio ambiente. En términos más técnicos, se trata de una economía en la que la sociedad utiliza los recursos de una forma eficiente, mejorando el bienestar humano en una sociedad integradora, y conservando, al mismo tiempo, los sistemas naturales que nos sustentan.

La Unión Europea (UE) ya ha adoptado objetivos estratégicos, así como programas de acción concretos para lograr que su economía sea más sostenible. La Estrategia Europa 2020 tiene por objeto generar un crecimiento inteligente, sostenible y socialmente integrador. Se centra en el empleo, la educación y la investigación, pero también en lograr una economía baja en carbono con objetivos climáticos y energéticos.

Para alcanzar estos objetivos, la estrategia identifica una serie de iniciativas emblemáticas. La iniciativa emblemática «Una Europa que utilice eficazmente los recursos» desempeña un papel fundamental en la política de la UE en este ámbito. Asimismo, la UE ha adoptado una serie de paquetes legislativos para alcanzar sus objetivos.

Pero ¿qué debemos hacer para lograr que la economía de la UE sea eficiente en el uso de los recursos? Básicamente, debemos producir y consumir de una manera que optimice el uso de todos los recursos implicados. Si lo hacemos, crearemos unos sistemas de producción que generarán cada vez menos cantidades de residuos o que producirán más con menos insumos.

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(c) Stipe Surac / EEA Waste•smART

Tener en cuenta los sistemas enteros, no los sectores

Asimismo, más que los sectores, hemos de tener en cuenta los sistemas enteros. Un sistema abarca todos los procesos e infraestructuras relacionados con un recurso o una actividad que son esenciales para las actividades humanas. Por ejemplo, el sistema energético incluye los tipos de energía que utilizamos (energía basada en el carbón, el petróleo o el gas natural, energía eólica, solar, etc.), cómo extraemos o creamos esta energía (turbinas eólicas, pozos de petróleo, gas de esquisto, etc.), dónde la utilizamos (industria, transporte, calefacción de los hogares, etc.) y cómo la distribuimos. También abordaría otras cuestiones, como los recursos hídricos y del suelo afectados por el uso de la energía y la producción de energía.

Entran materiales; salen productos y residuos

Para producir un producto o un servicio necesitamos insumos. Por ejemplo, para producir cultivos, además de su trabajo, los agricultores necesitan suelo, semillas, agua, sol (energía), herramientas y, en la agricultura moderna, fertilizantes y pesticidas, y unas herramientas más sofisticadas. Lo mismo puede decirse, en cierto modo, de la industria manufacturera moderna. Para la producción de los aparatos electrónicos también necesitamos mano de obra, así como energía, agua, suelo, minerales, metales, vidrio, plásticos, tierras raras, investigación, etc.

La mayoría de los materiales que se utilizan la producción en la Unión Europea también se extraen en la UE. En 2011, en la Unión Europea se utilizaron 15,6 toneladas de materiales per cápita como insumos, de las cuales 12,4 eran materiales extraídos en la UE, y las 3,2 restantes se importaron.

Un pequeño porcentaje de estos insumos materiales se exportó. El resto —14,6 toneladas per cápita— se utilizó para el consumo en la UE. El consumo de materiales varía considerablemente de un país a otro. Por ejemplo, en 2011, los finlandeses consumieron más de 30 toneladas per cápita, mientras que los malteses consumieron 5 toneladas per cápita.

En la última década, la economía de la UE generó más «valor añadido» en cuanto a producto interior bruto por cada unidad de material (minerales, metales, etc.) consumida. Por ejemplo, utilizando la misma cantidad de metal, la economía produjo teléfonos móviles u ordenadores portátiles que eran más «valiosos» (es decir, «tenían más valor») que sus predecesores. Es lo que se denomina «productividad de los recursos». En la UE, la productividad de los recursos se incrementó en un 20 % aproximadamente: de 1,34 a 1,60 euros por kilo de material entre 2000 y 2011. La economía creció un 16,5 % en este periodo.

La productividad de los recursos es relativamente baja en algunos países europeos. En 2011, Suiza, el Reino Unido y Luxemburgo generaron más de 3 euros en valor añadido por kilo de materiales, mientras que Bulgaria, Rumanía y Letonia menos de 0,5 euros de valor por kilo. La productividad de los recursos está estrechamente vinculada a la estructura económica del país en cuestión. Unos sectores de servicios y de tecnología del conocimiento consolidados y unas elevadas tasas de reciclado tienden a fomentar la productividad de los recursos.

La economía circular

Además de producir bienes y servicios, los procesos de producción y consumo actuales también producen residuos. Estos pueden ser en forma de contaminantes emitidos al medio ambiente, piezas no usadas de materiales (madera o metales) o alimentos que, por algún motivo, no se consumen.

Lo mismo puede decirse de los productos que han llegado al final de su vida útil. Algunos pueden reciclarse o reutilizarse parcialmente, pero otros acaban en basureros o vertederos, o son incinerados. Dado que para estos bienes y servicios se utilizaron recursos, cualquier elemento que no se utilice representa en realidad una posible pérdida económica y un problema medioambiental.

En 2010, los europeos generaron una media aproximada de 4,5 toneladas de residuos per cápita. Más o menos la mitad vuelve al proceso de producción.

El término «economía circular» prevé un sistema de producción y consumo que reduce al mínimo las pérdidas que genera. En un mundo ideal, se reutilizaría, reciclaría o recuperaría prácticamente todo para producir otros productos. El rediseño de los productos y los procesos de producción podría ayudar a minimizar el despilfarro y a convertir el porcentaje no utilizado en un recurso.

Las personas y las ideas empresariales

Los consumidores y los productores son dos agentes igualmente importantes para ecologizar nuestra economía. El proceso de producción está orientado a proporcionar a los consumidores lo que quieren. Pero ¿queremos tener más productos de consumo, o simplemente queremos los servicios que ofrecen estos productos?

Cada vez son más las empresas que están adoptando unos enfoques empresariales denominados «consumo colaborativo», que permite a los consumidores satisfacer sus necesidades mediante el alquiler, los sistemas de servicios de productos y los acuerdos sobre uso compartido, en lugar de la adquisición. Todo ello podría exigir una nueva manera de pensar con respecto a la comercialización y el diseño de productos, prestando menos atención a las ventas y más a la fabricación de unos productos duraderos y reparables.

Internet y los medios sociales facilitan la búsqueda y la utilización de este tipo de productos y servicios de consumo colaborativo. Y no tiene por qué limitarse a pedir prestadas las herramientas al vecino, reservar un coche en un sistema de uso compartido de vehículos o alquilar dispositivos electrónicos: en algunos países de la UE también existen bibliotecas de ropa, donde los usuarios pueden pedir prestada ropa.

Cualquier medida concebida para reducir la tasa de nuevas extracciones y la cantidad de residuos —como el estímulo de la productividad de los recursos, el reciclado y la reutilización— alivia la presión ejercida sobre el medio ambiente y aumenta la capacidad de nuestros ecosistemas para satisfacer nuestras necesidades. Cuanto más sano esté nuestro medio ambiente, mejor viviremos y más sanos estaremos nosotros.

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