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¿El precio «correcto»?

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Las economías de muchos países en desarrollo giran en torno a la explotación de los recursos naturales con el fin de sacar a su población de la pobreza, provocando daños potenciales a los entornos naturales de los que dependen. Las soluciones a corto plazo suelen socavar el bienestar de la población a largo plazo. ¿Pueden los gobiernos ayudar a los mercados a fijar el precio «correcto» para los servicios que ofrece la naturaleza e influir sobre las opciones económicas? A continuación se ofrece un análisis detallado de lo que supone el uso del agua para la producción de algodón en Burkina Faso.
Shopping trolleys

Shopping trolleys  Image © Shutterstock

El 99 % de los cultivadores de algodón del mundo viven en los países en desarrollo. Ello implica que los plaguicidas se emplean en campos en los que el nivel de analfabetismo es elevado y la preocupación por la seguridad reducida, lo que pone en peligro el medio ambiente y la vida.

Steve Trent, Director de Environmental Justice Foundation

En estos países, la actividad económica suele estar centrada en la explotación de los recursos naturales a través de la agricultura, la silvicultura, la minería y otras actividades similares. En consecuencia, los esfuerzos por impulsar el crecimiento económico con el fin de satisfacer las necesidades de las poblaciones en rápido crecimiento pueden someter a los ecosistemas a una presión considerable.

En muchos casos, los recursos como el algodón se cultivan o se extraen en los países en desarrollo y se exportan a regiones más ricas, como Europa. Esta realidad confiere a los consumidores del mundo industrializado un papel importante: el de contribuir, potencialmente, a sacar a «los mil millones más pobres» de la pobreza, el de socavar, potencialmente, sus opciones perjudicando los entornos naturales de los que dependen.

«Oro blanco»

Copyright: ShutterstockEn Burkina Faso —un país árido, sin salida al mar y muy pobre de la franja meridional del Sáhara—, el algodón es un gran negocio. De hecho, es un negocio enorme. Con el rápido incremento de la producción registrado en los últimos años, Burkina Faso es actualmente el mayor productor de algodón de África. El «oro blanco», como se conoce en la región, representó hasta un 85% de los ingresos de exportación de Burkina Faso en 2007 y el 12 % de su producción económica.

Es importante destacar que los beneficios derivados del algodón están muy dispersos. El sector emplea a entre un 15% y un 20% de la mano de obra, y proporciona ingresos directos a entre 1,5 y 2 millones de personas. Y como motor clave del crecimiento económico de la última década, ha generado ingresos fiscales que pueden financiar mejoras en ámbitos como la sanidad y la educación.

Para los habitantes de Burkina Faso, las ventajas del cultivo del algodón son evidentes. A menudo, los costes no son tan obvios.

La cuarta parte de los habitantes no tiene acceso al agua potable. Más del 80 % son agricultores de subsistencia, que dependen del agua para satisfacer sus necesidades básicas de alimento y cobijo. Según la OMM, la demanda anual de recursos hídricos supera la disponibilidad en una cifra de entre el 10% y el 22%.

En este contexto, el enorme incremento de la producción de algodón en los últimos años parece comportar riesgos. El algodón es un cultivo que necesita mucho agua: tiene que regarse en los meses más secos y consume mucha más agua que otros productos extensamente cultivados.

Dedicar el agua a la producción de algodón significa desviarla de otros posibles usos. La mayoría de la cosecha se exporta, lo que implica la utilización de grandes cantidades de agua para satisfacer las demandas de los consumidores en el extranjero. Este proceso se conoce como exportación de «agua virtual».

La mitad del algodón de Burkina Faso se exporta a China, donde se vende a las fábricas locales de hilado y de ahí a los fabricantes de prendas que abastecen a los mercados internacionales. Al final de la cadena de suministro, los consumidores de productos de algodón importan volúmenes sustanciales de agua, en ocasiones procedentes de lugares del mundo mucho más secos. En el caso del algodón, un estudio ha constatado que el 84 % de la huella hídrica europea se encuentra fuera de Europa.

Para países secos como Burkina Faso, suele ser preferible importar productos intensivos en agua en lugar de exportarlos. Al fin y al cabo, la exportación de «agua virtual» puede significar que no quede suficiente para los ecosistemas y la población local. Dicho esto, la única posibilidad de juzgar si es buena la idea de que Burkina Faso utilice agua para cultivar algodón es evaluar los costes y beneficios totales en comparación con otros usos. Por sí solo, el concepto de agua virtual no nos permite decir cuál es el mejor modo de gestionar el agua, si bien facilita información muy valiosa sobre los efectos de nuestra producción y las opciones de consumo.

Síntesis de conceptos hídricos

Huella hídrica y agua virtual son conceptos que nos ayudan a entender la cantidad de agua que consumimos.

La huella hídrica es el volumen de agua dulce empleada para producir los bienes y servicios que consume un individuo o una comunidad o que produce una empresa. Se compone de tres elementos. La huella hídrica azul es el volumen de agua superficial y subterránea que se utiliza para producir bienes y servicios. La huella hídrica verde es la cantidad de agua de lluvia que se utiliza en la producción. La huella hídrica gris es el volumen de agua contaminada por la producción.

Cualquier bien o servicio que se exporta también implica exportar «agua virtual» —el agua utilizada en la producción del bien o el servicio en cuestión—. Las exportaciones de agua virtual se producen cuando un bien o servicio se consume fuera de las fronteras de la cuenca hidrológica en la que se hubiera extraído el agua.

Para los países o zonas importadoras, la importación de «agua virtual» permite que los recursos hídricos nacionales sean destinados a otros fines, que pueden ser muy útiles para los países que sufren escasez de agua. Lamentablemente, muchos países que exportan agua virtual tienen escasez de agua pero poseen climas soleados, lo que favorece la producción agrícola. En estos países con escasez de agua, la exportación de agua virtual somete a una presión todavía mayor los recursos hídricos, y con frecuencia impone costes sociales y económicos, porque no se dispone de agua suficiente para otras actividades y necesidades.

Fuente: Water Footprint Network

Más contaminación, menos bosque

El consumo de agua no es la única preocupación asociada a la producción de algodón en Burkina Faso. El cultivo del algodón suele hacer un uso intensivo de plaguicidas. De hecho, el algodón representa un destacado 16 % del uso de plaguicidas en todo el mundo, a pesar de que abarca tan solo un 3 % de las tierras cultivadas del planeta.

Los efectos pueden ser graves para los ecosistemas y la población local. Pero, dado que quienes utilizan los plaguicidas no están afectados por todos estos efectos y puede que ni siquiera sean conscientes de ellos, no los tienen en cuenta en su toma de decisiones. Por este motivo, puede resultar importante educar e informar a los agricultores locales sobre los plaguicidas y sus efectos.

El agua no es el único recurso utilizado. Otro recurso vital es la tierra. Como en la mayoría de lugares, en Burkina Faso la tierra puede utilizarse de muchas maneras diferentes. ¿Obtienen los burkineses un mayor bienestar al convertir tierras para la producción de algodón?

Copyright: IHH Humanitarian Relief Foundation/Turkey«Con tan solo ocho años, Modachirou Inoussa ya ayudaba a sus padres en los campos de algodón. El 29 de julio de 2000, Modachirou había trabajado mucho y volvía a casa sediento y corriendo. De camino encontró un recipiente vacío, y recogió algo de agua para beber de una acequia. Esa tarde no volvió a casa. Encontraron su cuerpo al lado de la botella de callisulfan vacía.».

Envenenamiento por endosulfán en el África Occidental, informe de PAN UK (2006)

Lo que es bueno para uno no tiene por qué se bueno para todos

Esta no es una cuestión banal. La superficie boscosa de Burkina Faso se redujo un 18 % durante el período 1990-2010, en parte debido a la expansión de la agricultura, y el ritmo de disminución progresa rápidamente. El titular de un bosque en Burkina Faso podría preferir cultivar algodón porque le resulta más rentable vender la madera (o utilizarla como combustible) y cultivar la tierra en lugar de conservar el bosque. Pero no tiene por qué ser ésta la mejor solución para Burkina Faso, para sus habitantes y sus ecosistemas.

Copyright: Pawel KazmierczykLos bosques proporcionan a los seres humanos —próximos y distantes— muchas ventajas adicionales, además del valor de la madera. Ofrecen un hábitat para la biodiversidad, previenen la erosión del suelo, absorben el dióxido de carbono, proporcionan oportunidades recreativas, etc. Si el conjunto de la sociedad decidiese qué uso dar a la tierra —y pudiera tomar su decisión basándose en una evaluación completa de la rentabilidad de las distintas opciones—, probablemente no dedicaría toda la tierra y el agua únicamente a la producción de algodón.

Esta diferencia entre los beneficios y los gastos para los individuos y los beneficios y los gastos para la sociedad es una cuestión esencial.

Al responder preguntas clave —cuánta agua debe utilizarse en la producción de algodón, qué cantidad de plaguicidas, cuánta tierra—, los agricultores de todo el mundo toman decisiones basadas en los costes y beneficios relativos. Pero si bien el agricultor puede quedarse con todos los beneficios de la venta del algodón, no suele asumir todos los costes. Los gastos de la compra de plaguicidas, por ejemplo, suelen ser nimios en comparación con los efectos del uso de plaguicidas para la salud. Así que los costes se transmiten a otras personas, incluidas las generaciones futuras.

Los problemas surgen porque, como casi todos nosotros, el agricultor toma la mayoría de sus decisiones basándose en su propio interés. Y esta distorsión se transmite a través de los mercados internacionales. Los precios que pagan los comerciantes, los fabricantes de ropa y, en última instancia, los consumidores no representan fielmente los costes y beneficios del uso de los recursos y de la producción de artículos.

Se trata de un problema grave. En la mayor parte del mundo, utilizamos los mercados y los precios para guiarnos a la hora de tomar decisiones, por lo que si los precios nos ofrecen una imagen distorsionada de los efectos de la producción y del consumo, tomaremos malas decisiones. La historia nos dice que los mercados pueden ser un mecanismo muy eficaz para guiar nuestras decisiones sobre el uso de los recursos y la producción y para optimizar los resultados. Pero cuando los precios son erróneos, los mercados no funcionan.

Cuando los mercados no funcionan: correcciones y obstáculos

Copyright: Shutterstock¿Qué podemos hacer al respecto? Hasta cierto punto, los gobiernos pueden tomar medidas para corregir los errores del mercado. Pueden imponer reglamentos e impuestos sobre el uso del agua y los plaguicidas para que los agricultores los utilicen en menor medida o busquen alternativas menos perjudiciales. Por otra parte, pueden organizar pagos para los propietarios de bosques a fin de reflejar las ventajas que los bosques ofrecen a la sociedad a escala nacional e internacional, proporcionando así una fuente de ingresos alternativa. La clave está en ajustar los incentivos de los individuos con los de la sociedad en su conjunto.

También es importante brindar información a los consumidores para complementar la información que ya figura en los precios. En muchos países vemos cada vez más etiquetas que nos informan sobre la producción de los artículos y las campañas de grupos de interés destinadas a aumentar la concienciación y el conocimiento sobre estas cuestiones. Muchos de nosotros estaríamos dispuestos a pagar más o a consumir menos si entendiéramos los efectos de nuestras decisiones.

En algunos casos, los gobiernos deben ir más allá de corregir el mercado, de hecho deben limitar su papel en la asignación de recursos. Tanto los seres humanos como los ecosistemas necesitan agua para sobrevivir y prosperar. De hecho, muchos afirmarán que las personas tienen derecho a una cantidad suficiente de agua para beber, para cocinar, para el saneamiento y para un medio ambiente saludable. Por consiguiente, es posible que los gobiernos tengan el deber de garantizar que se satisfacen sus necesidades antes de utilizar el mercado para repartir el resto.

De vuelta en Burkina Faso, el gobierno y los socios internacionales se han centrado en la satisfacción de la necesidad básica del acceso al agua potable. Aunque esto todavía no es una realidad para la cuarta parte de los habitantes, la situación actual representa una enorme mejora con respecto a hace 20 años, cuando el 60% carecía de dicho acceso.

Cambio de incentivos

A escala mundial, se están realizando esfuerzos por corregir y limitar los mercados abiertos, al tiempo que se explotan sus numerosos beneficios. No obstante, en la actualidad los precios de los mercados suelen ofrecer información engañosa, que induce a malas decisiones de los productores y los consumidores por igual.

Si los mercados funcionasen como es debido y los precios reflejasen todos los costes y beneficios de nuestras acciones, ¿seguiría Burkina Faso produciendo algodón?

Aunque es difícil saberlo con certeza, es muy probable que sí. Para un país muy pobre, sin acceso al mar y con escasos recursos como Burkina Faso no existen caminos fáciles hacia la prosperidad, y al menos el sector del algodón ofrece unos ingresos considerables, y proporciona potencialmente una plataforma para el desarrollo económico y un nivel de vida mejor.

Pero seguir produciendo algodón no implica necesariamente seguir utilizando técnicas de producción que hacen gran uso del agua y los plaguicidas. O seguir reduciendo las zonas de bosques. Otros métodos alternativos, como la producción de algodón orgánico, pueden reducir el uso de agua y excluir a los plaguicidas en su totalidad. Los costes directos del cultivo de algodón orgánico son mayores —lo que significa que los consumidores deben hacer frente a un precio mayor de los productos de algodón—, pero se compensan con creces por la reducción de los costes indirectos que deben asumir los cultivadores de algodón y sus comunidades.

Los ciudadanos deciden

Copyright: ThinkstockSin duda alguna, a los responsables políticos les corresponde un papel en el buen funcionamiento de los mercados, de manera que a partir de los indicios facilitados por precios se ofrezcan incentivos para una toma de decisiones sostenible. Pero no solo los responsables políticos tienen la responsabilidad de actuar: los ciudadanos correctamente informados también tienen su prerrogativa.

Las cadenas de suministro mundiales implican que las decisiones de los fabricantes, los minoristas y los consumidores europeos pueden influir considerablemente en el bienestar de las personas en tierras tan lejanas como Burkina Faso. Dicho impacto puede incluir la creación de empleo y la generación de ingresos, pero también la sobreexplotación de unos recursos hídricos limitados y el envenenamiento de ecosistemas y habitantes locales.

En última instancia, son los consumidores quienes deciden. Al igual que los responsables políticos pueden guiar nuestro consumo influyendo en los precios, los consumidores pueden formular señales a los productores exigiendo un algodón cultivado de forma sostenible. Es algo en lo que vale la pena reflexionar la próxima vez que vaya a comprarse unos vaqueros.

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