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De la mina al depósito de residuos y más allá

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Casi todo cuanto consumimos y producimos repercute en el medio ambiente. Cuando cada día decidimos adquirir determinados bienes o servicios, no solemos detenernos a pensar en su «huella» sobre el medio ambiente. Los precios de venta rara vez reflejan su verdadero coste. Aún así, tenemos en nuestras manos la capacidad para que nuestro consumo y nuestra producción sean más ecológicos.
Electronic waste in India

Electronic waste in India  Image © EEA/Ace&Ace

En mayo de 2011, la tienda Apple de la Quinta Avenida de Nueva York estaba atestada de clientes que afluyeron desde todos los rincones del planeta para adquirir el último iPad2 de la compañía. Las existencias se agotaron en cuestión de horas. La tienda de la Quinta Avenida fue una de las afortunadas. Muchas tiendas Apple de todo el mundo no tuvieron más remedio que reservar pedidos con plazos de entrega de varias semanas.

El retraso no fue causado por una mala planificación empresarial ni por el éxito excesivo de la campaña de marketing. Fue resultado de una serie de catástrofes sobrevenidas al otro lado del planeta. Cinco de los principales componentes del iPad2 se fabricaban en Japón en el momento del terremoto del 11 de marzo de 2011. La producción de algunos de dichos componentes pudo ser trasladada fácilmente a Corea del Sur o a los Estados Unidos, pero no fue el caso de la brújula digital. Uno de los principales fabricantes de este componente estaba situado a 20 km de los reactores de Fukushima y se vio obligado a cerrar sus instalaciones.

Flujos de recursos que alimentan líneas de montaje

En nuestro mundo interconectado, el trayecto de muchos dispositivos electrónicos empieza en una mina, normalmente ubicada en un país en desarrollo, y termina en un centro de desarrollo de productos, normalmente ubicado en un país desarrollado. Actualmente, la fabricación de ordenadores portátiles, teléfonos móviles, coches y cámaras digitales requiere tierras raras, como el neodimio, el lantano y el cerio. Aunque muchos países cuentan con reservas sin explotar, la extracción de estas tierras es costosa, y en algunos casos, tóxica y radiactiva.

Después de la extracción, los recursos materiales suelen transportarse a una planta de procesamiento y se transforman en diversos componentes de productos, que a su vez se trasladan a otros lugares para el montaje. Cuando compramos nuestro dispositivo, los diversos componentes que lo integran ya han viajado por todo el mundo, y en cada etapa de su viaje han dejado su huella en el medio ambiente.

Lo mismo ocurre con los alimentos que ingerimos, los muebles de nuestros salones y el combustible de nuestros vehículos. La mayoría de los materiales y los recursos se extraen, se transforman en producto o servicio consumible y se transportan a nuestros hogares, que suelen encontrarse en zonas urbanas. Por ejemplo, el suministro de agua potable a los hogares europeos no implica únicamente extraer la cantidad de agua necesaria de una masa de agua. Para que el agua pueda consumirse, necesitamos infraestructuras y energía para transportarla, almacenarla, tratarla y calentarla. Una vez «utilizada», necesitamos más infraestructuras y energía para eliminarla.

Copyright: ThinkstockPara hacer una taza de café normal en los Países Bajos necesitamos aproximadamente 140 litros de agua. La mayor parte se emplea en el cultivo de la planta de café. Todavía más sorprendente es la cantidad de agua que necesitamos para producir un kilo de ternera: 15 400 litros.

Fuente: Water Footprint Network

Listos para el consumo

Algunos de los efectos ambientales de nuestros niveles y patrones de consumo no son evidentes a primera vista. Actos como generar la electricidad necesaria para cargar los teléfonos móviles y congelar la comida liberan dióxido de carbono a la atmósfera, lo que, a su vez, contribuye al cambio climático. Las instalaciones industriales y el transporte liberan contaminantes atmosféricos como los óxidos de azufre y de nitrógeno, perjudiciales para la salud humana.

Millones de personas que se desplazan al sur en verano someten a sus destinos vacacionales a una mayor presión. Además de las emisiones de gases de efecto invernadero que se generan durante el viaje, sus necesidades de alojamiento incrementan la demanda de recursos materiales y energéticos del sector de la construcción. El incremento estacional de la población local exige una mayor extracción de agua con fines sanitarios y recreativos durante los meses secos de verano. También implica el tratamiento de un volumen mayor de aguas residuales, el transporte de más alimentos a estas zonas y la gestión de una mayor cantidad de residuos.

Copyright: ShutterstockA pesar de la incertidumbre generada en torno al verdadero alcance de nuestro impacto ambiental, es evidente que los modelos y niveles actuales de extracción de recursos no pueden proseguir a estos niveles. La cuestión es muy sencilla: disponemos de una cantidad limitada de recursos vitales, como agua y zonas de cultivo. Lo que a menudo empieza como un problema a nivel local —la escasez de agua, la tala de bosques para su transformación en pastos o la emisión de sustancias contaminantes de una planta industrial— puede convertirse fácilmente en un problema sistémico mundial que repercute sobre todos.

Un indicador del consumo de recursos, elaborado por la Global Footprint Network, es la huella ecológica, y es un indicador que permita estimar el consumo de los países en relación con el uso del suelo en todo el mundo, en particular el uso indirecto del suelo para producir bienes y absorber las emisiones de CO2. De acuerdo con este método, en 2007 la huella ecológica global era de 2,7 hectáreas por habitante.

Esta cifra superaba las 1,8 hectáreas globales de las que dispone cada uno de nosotros para mantener nuestro consumo sin poner en peligro la capacidad de producción del medio ambiente (Global Footprint Network, 2012). En los países miembros desarrollados, la diferencia era todavía más alarmante. Los países de la AEMA consumieron 4,8 hectáreas globales por residente, pese a disponer de una «biocapacidad» de 2,1 hectáreas globales por persona (Global Footprint Network, 2011).

Pero consumo también significa empleo

Nuestra dinámica y la necesidad de consumir recursos naturales no son sino una cara de la moneda. Construir apartamentos en España, cultivar tomates en los Países Bajos e ir de vacaciones a Tailandia también significa empleo, ingresos y, en última instancia, sustento y un mayor nivel de vida para los trabajadores de la construcción, los agricultores y los agentes de viaje. Para muchos habitantes del planeta, un aumento de ingresos supone la posibilidad de satisfacer las necesidades básicas. Pero no es fácil definir qué constituye una «necesidad», puesto que el concepto varía considerablemente en función de las percepciones culturales y los niveles de ingresos.

Para las personas que trabajan en las minas de tierras raras de la Mongolia Interior, en China, la extracción de minerales garantiza el alimento para sus familias y la educación para sus hijos. Para los trabajadores de las fábricas japonesas, puede representar alimento y educación, y también unas semanas de vacaciones en Europa. Para la multitud que acude a la tienda Apple, el producto final puede ser una herramienta indispensable para el trabajo o un dispositivo de entretenimiento. La necesidad de entretenimiento también constituye una necesidad humana. Su impacto sobre el medio ambiente depende de cómo satisfacemos dicha necesidad.

A la basura

El viaje de nuestros dispositivos electrónicos, nuestros alimentos y el agua del grifo no termina en nuestras casas. Seguimos manteniendo nuestro televisor o nuestra cámara hasta que ha pasado de moda o ya no es compatible con nuestro reproductor de DVD. En algunos países de la UE se desaprovecha casi un tercio de los alimentos adquiridos. ¿Y qué hay de los alimentos desaprovechados antes incluso de que los compremos? En los 27 países de la Unión Europea se arrojan cada año 2 700 millones de toneladas de residuos.

¿Pero dónde acaban estos residuos? Una respuesta elemental sería: lejos de nuestra vista. Algunos de estos residuos son comercializados —legal e ilegalmente— en los mercados mundiales. La explicación detallada es mucho más compleja. Depende de «qué» se tire y de «dónde» se tire. Más de la tercera parte del peso de los residuos generados en los 32 Estados miembros de la AEMA está constituida por residuos de la construcción y la demolición, procedentes principalmente del boom económico. La cuarta parte son residuos de la minería y la cantería. Aunque en última instancia todos los residuos son generados por el consumo humano, el porcentaje del peso total de los residuos procedentes de los hogares es inferior al 10 %.

Nuestros conocimientos sobre los residuos son tan escasos como nuestros datos sobre el consumo, pero es evidente que aún queda mucho trabajo pendiente en relación con la gestión de los residuos. Por término medio, cada ciudadano de la UE utiliza entre 16 y 17 toneladas de materiales cada año, y antes o después, gran parte de este volumen se convierte en residuos. Esta cantidad se incrementaría hasta una cifra aproximada de entre 40 y 50 toneladas por persona si se tuvieran en cuenta las extracciones no utilizadas (por ejemplo, la sobrecarga minera) y las «mochilas ecológicas» (cantidad total de material perturbado en su entorno natural) de las importaciones.

La legislación, como las Directivas de la UE relativas a los vertederos, los vehículos para desguace, las pilas, los envases y los residuos de envases, ha contribuido a que la Unión Europea desvíe un porcentaje mayor de sus residuos municipales de los vertederos hacia las instalaciones de incineración y reciclaje. En 2008 se recuperó el 46 % de los residuos sólidos de la UE. El resto fue a parar a incineradoras (5%) o vertederos (49%).

Eurostat data on waste

Buscando una mina de oro diferente

Los electrodomésticos, los ordenadores, los dispositivos de iluminación y los teléfonos contienen sustancias peligrosas que representan un peligro para el medio ambiente, pero que incorporan también metales valiosos. En 2005 se estimó que los equipos eléctricos y electrónicos comercializados contenían 450 000 toneladas de cobre y siete toneladas de oro. En la Bolsa de Metales de Londres, estos metales tenían en febrero de 2011 un valor de 2800 millones de euros y 328millones de euros, respectivamente. Al margen de las variaciones considerables entre los países europeos, actualmente solo se recoge un porcentaje limitado de los equipos electrónicos desechados para su reutilización o su reciclaje.

Los metales preciosos «desechados como residuos» también poseen una dimensión mundial. Alemania exporta fuera de la Unión Europea, principalmente a África y Oriente Medio, alrededor de 100 000 coches usados, cada año, desde Hamburgo. En 2005, estos coches contenían cerca de 6,25 toneladas de metales del grupo platino. A diferencia de la UE, la mayoría de los países importadores carecen de la normativa y de la capacidad necesaria para desmantelar y reciclar coches usados. Ello representa una pérdida económica y también genera extracciones adicionales, ocasionando daños evitables al medio ambiente, a menudo fuera de la UE.

La mejora de la gestión municipal de residuos ofrece ventajas considerables: convertir nuestros residuos en recursos valiosos, evitar daños al medio ambiente— incluidas las emisiones de gases de efecto invernadero— y reducir la demanda de nuevos recursos.

Analicemos el ejemplo del papel. En 2006 se recicló casi el 70 % del papel procedente de residuos municipales sólidos, lo que equivale a la cuarta parte del consumo total de productos de papel. El incremento de la tasa de reciclaje hasta el 90 % nos permitiría hacer frente a más de un tercio de la demanda de papel con material reciclado, lo que reduciría la demanda de nuevos recursos y permitiría que el envío de residuos de papel a los vertederos o a las incineradoras fuera menor, con la consiguiente reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

¿Hacia dónde vamos?

No son el consumo o la producción en sí mismos los que causan daño al medio ambiente. Es el impacto ambiental de «lo que consumimos», dónde y cuánto y «cómo producimos». Los responsables políticos, las empresas y la sociedad civil deben participar en el proceso de ecologización de la economía desde el entorno local hasta el entorno mundial.

La innovación tecnológica ofrece muchas soluciones. El uso de energías y transportes limpios genera un impacto menor en el medio ambiente y puede satisfacer algunas de nuestras necesidades, si no todas. Pero la tecnología no es suficiente.

Copyright: Gülcin KaradenizNuestra solución no puede limitarse a reciclar y reutilizar materiales con vistas a extraer cantidades de recursos más limitadas. No podemos evitar consumir recursos, pero sí podemos consumir de manera inteligente. Podemos pasar a utilizar alternativas más limpias, ecologizar nuestros procesos de producción y aprender a convertir nuestros residuos en recursos.

Sin duda, es necesario concebir mejores políticas, disponer de mejores infraestructuras y de incentivos adicionales, pero estos elementos solo pueden facilitar una parte del trabajo. El último tramo del viaje depende de las opciones de consumo. Independientemente de nuestro entorno y de nuestra edad, nuestras decisiones cotidianas en relación con la compra de bienes y servicios influyen sobre qué se produce y en qué medida. Del mismo modo, los comerciantes al por menor también pueden influir en la oferta comercial y difundir la demanda de alternativas sostenibles en los eslabones superiores de la cadena de suministro.

Quizás una breve reflexión ante los expositores del supermercado o la papelera sea un buen comienzo para nuestra transición personal a un entorno vital sostenible. ¿Se pueden utilizar las sobras de ayer en lugar de tirarlas? ¿Puede alguien prestarme esta máquina en lugar de comprarla? ¿Dónde puedo reciclar mi móvil viejo?

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